Je Reviens
"El amor es el único juego que pierdes,
simplemente por rehusarte a jugarlo."
JW Goethe
Como el viejo Fontane, hoy mi primera regla de la voluptuosidad es la del mínimo esfuerzo, pero en aquellos borrascosos días de juventud todo era completamente diferente. Jamás renuncié a no volver a ver a Camille. Jamás quise emular el desconsuelo de Goethe en su huida de Marienbad:
Yo que un día favorito de los dioses fuera,
me he perdido a mi ismo y al universo.
Pues me enviaron a Pandora como prueba,
rica en dones y aún más rica en riesgos.
Hacia sus labios dadivosos me impelieron
y al separarme de ellos,me destruyeron.
(JW Goethe, Elegía de Marienbad)
Jamás me resigné con la sola quimera de lo que pudo ser cuando la cara de Camille aparecía reflejada en los finos copos de nieve que se posaban en mi nariz durante las interminables marchas hacia la frontera por la ruta Lister. Cuando me escapaba por debajo de la verja del campo de Argelés y me zafaba de aquellos tiralleurs sénégalais que cada mañana nos arrojaban chuscos de pan por encima de la alambrada. Cuando ocultaba mi pasado de combatiente en España ante las autoridades consulares británicas de Burdeos que finalmente me repatriaron a Canadá, tierra del exilio de mis padres. Cuando pocos meses después, me presentaba en las dependencias de la RAF de Toronto para alistarme bajo falsa identidad. ¡Sí, yo quería un amor silvestre, volver a oler la flor de azahar, bergamota y violeta de Je Reviens, el perfume preferido de Camille, y estaba dispuesto a jugar mi destino a los dados!

Je Reviens de Worth, el perfume Déco de Camille.
Fue en las semanas previas a mi traslado a Inglaterra cuando soñé que paseaba por una playa de arenas relumbrantes y olas pausadas del mar Arábigo. Estaba en Goa - ¿Y cómo lo sé? Si jamás había estado allí. Cosas del subconsciente, pero juro por Apolo psicoanalista y Esculapio y por Hygeia y Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndolos de jueces, que estaba en las playas de la vieja colonia portuguesa.
Relajado, chapoteo en la orilla cuando un par de delfines reclaman mi atención con agudos silbidos. Dóciles como gatas, les acaricio el morro y repiten chasquidos, otra vez parecen sugerir. Suavemente voy pasando mis manos sobre sus lomos cuando una mano roza mi nuca. ¡Camille!
Vestida con un calicó blanco y tocada con un sombrero de paja, huele a naranja y violeta. Me abraza y besa con pasión.
--¡Va! ¡No sabes besar! -Exclama con desapego.
Un escalofrío sin compasión recorre mi espinazo y asesina mi sueños. Abro los ojos, nada de playas, nada de delfines. Sólo un fundido en negro en un frío barracón a orillas del lago Ontario.






Benjamin Rivera Valdés dijo
Hola, cómo estás, espero que bien, yo estoy bien, linda historia... bueno, te dejo, adios... buenas noches...
30 Enero 2009 | 02:38 AM