Sé fiel hasta la muerte
Apocalipsis, 2,10.

¡He jurado que no escribiría este post! Pero mi sistema nervioso central no consigue soslayar la segregación de adrenalina ante los esperpentos  de ciertos servidores públicos de nuestro Estado de Derecho (lease casta funcionarial). Quizás porque a mi pesar --errores de juventud --, confieso que también yo soy funcionario, en excedencia desde hace ya una década. Y puedo jurar que no volveré a la administración pública JAMÁS. Antes abro una pizzería en el Raval y preparo bruschettas de gladiolo con aglio e olio según receta de mi abuela calabresa.

Esta mañana brillaba el sol y me he animado a poner mi bicicleta a punto. Ya saben en la BCN Cool no eres nadie si no tienes bicicleta. He arreglado un pinchazo, la he lubricado y he sentido unos deseos irrefrenables de dar un paseo por la Barceloneta. Ya de vuelta a casa, pedaleaba bajo el sol de la Rambla del Raval cuando oigo una voz:

–!Oye tú, fuera de aquí!

Observo con cara de susto a un  agente de la Guardia Urbana chillándome con modales de vendedor ambulante de mantas. Me acerco al representante público para informarme.

--¿Por qué? --inquiero

--¿Por qué? ¿Por qué? ¿No ves el carril bici que va por aquel lado? -responde el guardia con finezza.

--La verdad, no sabía que había un carril bici en el lateral. Ningún problema --Suscribe quien escribe. “De todas formas, le agradeceré que la próxima vez se dirija a los ciudadanos con la corrección que esperan y merecen."

--¿Cómo? ¿Te atreves a contestar a un UNIFORMADO?

Carabinieri uniformados a la federica.

Aquí se produce un cambio escénico, mis neuronas activan memorias de largo plazo dormidas. ¿El vago recuerdo de algún irascible Brigada de la puta mili? ¿El vuelva usted mañana de la administración más siniestra? La testosterona fluye, fluye.

--¡Y tanto que me atrevo a contestarle! ¿Recuerde que usted es un servidor público con el mandato de atender correctamente al ciudadano? reclamo.

--¿Cómo? ¿cómo te atreves otra vez? Increpa muy encrespado.

--Además quisiera ser atendido en Catalán, ¡Aunque sea para confiscarme la bici!

--Tonterías pocas, tonterías pocas con nosotros --responde su compañero de armas que había permanecido hasta el momento silente. Quizás para escurrir el bulto ante tal surrealista acto administrativo.

En aquel instante, la pareja de UNIFORMADOS recibe una llamada por su walkie-talkie y salen corriendo dirección calle Riereta. ¡Sin despedirse! El deber público les reclama.

Tras el esperpéntico calentón cavilo: ha sido el final perfecto. Unos pocos minutos más y la situación se hubiera flambeado. Siempre envidié la cortesía de los bobbies ingleses.

¡Lo jodido es que lo que cuento sucedió! ¡Pourvu que le ciel ne nous tombe pas sur la tête !