Aprendí a guiarme por las estrellas en la escuela de pilotos del aeródromo de Cuatro Vientos durante la guerra civil española. En aquella época la formación de los pilotos era muy práctica y cuando me alisté como brigadista internacional en la aviación republicana ni soñaba que a las pocas semanas ya volaría con un instructor sobre los cielos de la Alcarria en un viejo de Havilland, biplano de madera que rumoreaban había servido en los bombardeos sobre las cabilas de Beni Ulixek y Beni Said.

Pronto el destino bélico -- “el oro de Moscú” insistirán los iracundos -- puso en mis manos un Caza Polikarpov I-15, bautizados como Chatos por el carenado de su enorme motor radial. El ala superior le daba la silueta de gaviota tan reconocible durante el combate. Por fin experimente el vértigo de volar.

El bautismo de fuego no se hizo impetrar. Recuerdo como a principios de marzo del treinta y siete, Mussolini resolvió con estúpida fanfarronería impresionar a Franco, el taimado general paralizado en la batalla de Madrid, y mandó a sus Corpo Truppe Volontarie fogueados en la pantomima de Abisinia, realizar una maniobra de envolvimiento a la capital descendiendo desde Siguenza y Alcolea del Pinar.

La madrugada del diecisiete sonó la sirena en el aeródromo de Alcalá, la nieve bloqueaba la maquinaria bélica de los Penne Nere cerca de Torija. Imagino que Yakushin, jefe de escuadrilla famoso luego en Brunete por derribar el primer bombardero trimotor Junker-52, valoró a los italianos como un objetivo fácil para conceder la prueba de fuego a un piloto bisoño como yo. Un día claro, muy frío, volamos a ras del suelo e incendiamos cuantas tanquetas italianas el lodo había atrapado. ¡El día era nuestro!

En los días siguientes repetimos las incursiones contra los Dio lo Vuole y los Fiamme Nere que insistían con empeño. Fue el veinte de marzo, cuando avistamos desde el aire a la división Littorio encallada en el barro de Brihuega. Sin cobertura aérea ni la ayuda de Franco, el taimado que se hizo el remolón en el envío de refuerzos, fue el fin de los fascistas italianos en la contienda. ¡Ni Penne Nere, ni Dio lo Vuole, ni Rigatonni! ¡Sólo infames hijos de Luperca, la venerada loba romana ! Os puedo asegurar.

Feliz con mi Chato

Jarama, Brunete, Guadalajara, Madrid, "La aviación colaboró con las tropas de tierra de una manera que en algunos momentos fue decisiva. Su audacia la llevó a batirse en difíciles condiciones de inferioridad y con un espíritu de acometividad y de sacrificio ejemplares. Parecía que todos medían bien la transcendencia de aquellos días de lucha. Hubo jornada en que se logró, merced a los cazas, evitar por cinco veces consecutivas el bombardeo de nuestras líneas. Sobre el cielo del Jarama un día y otro, mañana y tarde, la aviación velaba por nuestras fuerzas de tierra. Fueron muchos los combates librados a la vista de nuestras tropas, algunos con un total de más de cien aparatos (era la primera vez en la historia de la aviación que se libraban combates de aquella envergadura), y el coraje que ponían nuestros aviadores en atacar y derribar aviones enemigos producía en tierra un saludable efecto de emulación. Los servicios dados por los aviadores superaban todos los cálculos; piloto hubo que realizó en una jornada siete servicios, todos con combate, pues las circunstancias en que se luchaba exigían una verdadera congestión de trabajo y de esfuerzo (…)" recordó años después Vicente Rojo, el primero entre los generales virtuosos de la España heroica (1961).

El fin de esta infame historia es conocida. El zafio taimado evitó en cuarenta años el destino de Ricardo III en Bosworth y Yo nunca fui Enrique Tudor.

Dio lo vuole

(continuará)