<continuación de Quodlibet para matar un lobo>

Hoy es otro hoy y suenan otras constelaciones sobre mi cabeza. Hay quien cuando está desesperado y ya no encuentra salida, piensa en las bellas bailarinas de Degas o tararea un nocturno de Chopin, yo aprendí a escudriñar las estrellas entre las constelaciones de Andrómeda, Orión, Tucana, Argo Navis. Escucho la música de estos nombres en movimiento perpetuo y el universo se ilumina.

La hora bruja se instala en los bosque de Bohemia y todavía no sé dónde pasaré esta noche sin Kamila, aunque los árboles siempre esconden algo.

Entre álamos, cedros y robles se recorta en la penumbra la silueta de un castillo. Reconozco en las formas una veduta de Giusepe Vasi, la residencia Dux de los Condes von Waldstein. Un grabado del corleonés para el conde Joseph Karl, chambelán del emperador. Este aristócrata pasó a la historia minúscula no como cabalista, masón o alquimista --tal como él aventuraba- sino porque se apiadó de un achacoso Caballero de Seingalt y le ofreció la sinecura de bibliotecario.

Giacomo Casanova, seminarista y comediante con pedigrí materno, músico y doctor en leyes, masón y cabalista, tahúr y duelista, seductor siempre bien amado por sus dueñas, Arlequín y Fígaro, haragán sensible, veneciano hasta el fin, murió en este frío palacio alejado malgré lui del teatro del gran mundo que tanto amó. En los últimos años la relación con su excéntrico protector se agrió y entre tanto tedio optó por refugiarse en la escritura de la Histoire de ma vie porque «L'homme ne peut jouir de ce qu'il sait qu'autant qu'il peut le communiquer à quelqu'un.»

El relato de sus discusiones con Voltaire sobre religión, su trato con Rousseau y d'Alembert o la inspiración que dispuso para el Don Giovanni de Mozart y Da Ponte le han salvaguardado para la eternidad.

¡Un brindis por el conde!

¡Egészségedre!