Tolstói, quizá porque siempre amó a Ana Karenina, sostenía que la música debería ser considerada razón de Estado. El poder de las notas para ensalzar sentimientos y estados de ánimo no podían dejarse en manos de cualquier aprendiz. Tampoco era una idea original. En la Historia siempre han existido esos protocomisarios que han intentado gestionar -meme memo de moda - para un pretendido fin superior. Acaso Pózdyshev  --su alter ego en la Sonata Kreutzer-- no asesinó a su bella esposa, pianista diletante por temor a que se enamorara del violinista con el que tocaba la Sonata Kreutzer de Beethoven? Obra endiablada pensada por la mente lúgubre del compositor de Bonn para narcotizar a románticas jovenzuelas ociosas. La música, la más intangible y emocional de las artes, ¡no puede dejarse en manos de cualquier inmoral sentimental! Y tras los narodniki, emergieron los bolcheviques; esas ideas del arte al servicio de la Revolución les encantaban. La década de los veinte fueron tiempos de vanguardias, también en todas las Rusias. Pero Stalin asaltó el poder y ya sabemos cómo las gastaba el antiguo seminarista ortodoxo de Tblisi. No estaba para finezas, y menos culturales. O realismo soviético o gulag.

 

Con motivo de la exposición Ródchenko- la Construcción del Futuro, la fundación de Caixa Catalunya ha organizado unos conciertos de música de vanguardia rusa. Ayer, mientras el conjunto instrumental dirigido al piano, viola y gong por el gran Gerassim Voronkov  --Gerassim, ¿por qué te prodigas tan poco?--  interpretaba piezas inéditas, o casi, en nuestro país de Xerbatxev, Roslavets, Mossolov, Shostakovich y Prokofiev recordé las circunstancias de estos grandes nombres bajo la mordaza del Gran Jardinero georgiano. Shostakovich y Mosolov. El primero, con escaso interés por la política --¡suspenso de metodología marxista en el Conservatorio de Petrogrado!--, que pasó de niño mimado por el régimen a vivir un pánico permanente cuando Stalin acusó en Pravda su  Lady Macbeth de pornofonía formalista. Empezaron los años de plomo, vivir bajo un régimen asfixiante que enviaba a muchos de sus amigos a Siberia desde la Lubyanka.

 

Lubyanka, sede del KGB: "Según una broma de la época soviética, la Gran Lubyanka era el edificio más alto de Moscú, porque incluso desde el sótano se divisaba perfectamente Siberia". (reproducción WIkipedia, imagen y cita)

 

Dmitri, eres mi preferido, según cuenta tu hijo, Maxim, ya no te sacaste jamás el miedo del cuerpo, pero tu música perdura. Te imagino en las largas noches blancas de Leningrado garabateando tu íntima música de cámara. Una brecha de libertad ante tantos encargos de sinfonías descriptivas de la Tercera Internacional. Aleksandr Mossolov fue un músico absolutamente comprometido con los soviets. Jinete de la caballería roja, amigo de Lenin, años más tarde el seminarista de Gori  también lo condenaría a siete años en la blanca Siberia.  Mossolov se inició como autor contemporáneo, de joven obtuvo el reconocimiento general con Zavod --la Acería, pieza brutalista donde describe el movimiento de las máquinas en una fundición-- y pronto cayó en desgracia. A su habilidades con  el sable no aunaba una defensa tenaz de sus postulados musicales y ante los primeros mandobles se dobló a los  pentagramas dóciles del Tirano. Expulsado de la Asociación de Música Contemporánea por alcoholismo  (¡en la URSS!), orientó su carrera musical al estudio de la música tradicional caucasiana.

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