Quodlibet para matar un lobo
(Continuación.)
Deseaba que las dos hermanas me invitaran a sentarme al lado de la ventana, estirar las piernas mientras saboreaba el almíbar de una copa de Tokaj.
Pero heme aquí, solo, sentado bajo un arce azucarado, con el madero que Kamila me ha entregado para matar al lobo.
Yo, que tenía vocación de Elfo; yo, que sólo aspiraba a reencarnarme en un perro de lanas; yo, que sólo he cazado níscalos; yo, que sólo he servido al rey de Inglaterra en un Spitfire; yo, que… en fin.
¿Y cómo se caza un lobo? ¿Cuáles son sus dominios? ¿Con qué armas? ¿Con un cobarde veneno? ¿Con dos huesos macilentos? ¿Como un pitecántropo? ¿Con un sable? ¿Como Escamillo? ¿O con mi madero? El arma define el alma del asesino.
En los montes de Zamora, mi padre, cuando era un chaval, dijo haber visto una manada de lobos persiguiendo un desesperado corzo que se hundía en la nieve. Todavía hoy rememora a aquellos lobos casi volando, que apenas apoyaban sus dedos sobre la blanda superficie merced a la membrana que une sus extremidades y les permite distribuir mejor su peso. Millones de años durante los cuales sus genes se han combinando y recombinado al azar para que de la selección resultara una obra que los ingenieros quisieran imitar.
¿De qué se le acusa?¿Debo yo cometer tal infamia? ¿Convertirme en un ser tan inicuo? Nosotros somos porque una loba generosa amantó a dos gemelos. Roma caput mundi.
En sus pupilas amarillas se reflejan nuestros miedos.
Jamás comprendí este miedo atávico, cómo todavía hoy la visión de un lobo activa sentimientos tan viscerales entre los lugareños.
Y si las corales de Canis Lupus ya casi no aúllan en nuestro montes, el homo sapiens encontrará un sustituto. Como aquel inquisidor que siempre imaginaba jóvenes desnudas bailando a medianoche. ¿Quién fue primero, el inquisidor o las brujas? Ese oso del Pirineo que, asustado por una jauría de perros cazadores, hiere levemente a un homo sapiens y al menor tris le organizan una montería desde un helicóptero, pagado con dinero público.
¿Y la presunción de inocencia? ¿Y el libre albedrío?
Ni el lobo ni el oso pueden dejar de perseguir a sus presas frescas cuando las huelen, están programados para tal propósito. Yo puedo decidir si con el madero mato a un lobo u otra víctima: un publicista, un agente de finanzas, un viejo genocida (Hitler se hacía llamar por sus compadres: Señor Lobo), o un dragón.
¡Eso, un dragón de madera como Siegfried y san Jorge!, las beatas me venerarán y los teólogos de la Iglesia continuarán hilando el copo de la teodicea. Quodlibet.




lacazadoraderratas dijo
Ya te digo yo que Kamila no anda muy bien últimamente.
Ni se te ocurra matar al lobo, sentimental.
31 Octubre 2008 | 12:58 PM